WALKER

Paco Walker era conocido así, no por su afición a caminar, como puede indicar su apodo, sino por su amor al whisky Johnny Walker, del que era un gran consumidor.

Hijo de marinero, su padre era timonel de un carguero filipino que navegaba los siete mares, cargando de todo, siempre que fuese ilegal. Como viejo lobo de mar, era muy aficionado al ron, bebida que consumía en grandes cantidades y que le valió el  mal nombre de Cacique (nada que ver con jefes o reyezuelos de cualquier aldea o poblado indígena).

Paquito, aunque había nacido tierra adentro, tenía gran afición a todo lo relacionado con la mar océana, desde muy pequeño, y dado que la orilla del mar le quedaba a cientos de Kms. , se ponía sus aletas y su tubo y se iba a la alberca de la granja a bucear, imitando las aventuras que le relataba su padre, en las que le narraba sus fieras luchas a cuchillo pelado con tiburones y pulpos gigantescos. Pobre chiquillo…

Su padre, el lobo de mar, por algún asunto turbio, tuvo que tomar las de Villa Diego, dejar el barco (con un pufo en ron de varios miles de dólares), y establecerse en el interior del País, en donde, con el dinero ahorrado con los trapicheos del contrabando, compró una granja y se dedicó a la cría del avestruz (ya ves truz).

La granja no era más que una tapadera para su verdadera actividad: la producción de clandestina de ron.

La destilería, perdón, la granja estaba situada próxima a la reserva de los indios Arapajoe, tribu muy belicosa, y que como todo el mundo sabe, no paraban de joé.

Los jodíos indios le saqueaban la destilería una noche si y la otra también, además los muy cabrones llamaban  a la tribu de las Chochonas, una indias muy viciosas, y montaban unos pollos que parecían avestruces. Harto Cacique de tanta orgía y desenfreno, guardaba el mejor licor a buen recaudo, dejando las sobras y las destiladas más dañinas a merced de los indios, lo que multiplicaba por cien el efecto enloquecedor de esa “agua de fuego”, como le llamaba al brebaje Cogorza Feliz, el jefe indio. Y lo que es peor, se llevaban el tocadiscos portátil y ponían música chunda chunda a todo trapo.

Cierta noche, la tangana que tenían formada los indios era tal, que Cacique salió escopeta en ristre.

“Esto es demasiado,-se dijo- hasta cierto punto soporto la música, pero eso de poner en bucle la música de espera de telefónica, es demasiado”.

Acto seguido tomó la escopeta, una antorcha y se encaminó hacia el granero; cuando entró en él, quedó petrificado  por la escena que vio allí: habían secuestrado a Paquito y lo tenían atado a una viga  de madera y con un embudo le daban leche de la vaca que ordeñaba un indio, mezclada con ron de su mejor cosecha: << Tu beber leche de fuego, Paquito, tu ser como indio>>

El jodio niño, no ponía mala cara, no.

Encaró la escopeta y le sacudió dos tiros de postas loberas al jefe que quedó hecho un guiñapo, los demás indios, asustados saltaron por la ventana y huyeron emitiendo juramentos de venganza.

Asustado Cacique, por las amenazas de los indios, sólo pensaba en huir. Liberó a Paquito, lo arrastró fuera del granero, cogió la antorcha y fue arrimarla al jefe indio, y estalló una llamarada que ríete de las fallas de Valencia. Tal era la cantidad de alcohol que había en el estómago del gran jefe que, cuenta la leyenda, que estuvo varios días ardiendo.

Tomaron la impedimenta necesaria, soltaron al ganado y huyeron en la camioneta pick up . Se dirigieron hacia la costa, para tomar el primer barco que estuviera disponible.

Por el camino, el niño, bajo los efluvios de la leche con ron que había ingerido, no paraba de decir:

–¡¡¡Paparl, paparl, esa vaca no la vendas!!!

Criaturita, se había  aficionado de mala manera….

La camioneta pic up era un 4×4 lo suficientemente potente para permitirles huir campo a través, lo que les permitió llegar a la costa con rapidez.
Recalaron en un puerto de mala muerte. Después vendieron el todo terreno al dueño del embarcadero, que a cambio les ofreció pasaje en un viejo atunero que estaba anclado en el destartalado muelle.

Se dirigieron a la embarcación, que no conocía la pintura desde las cuevas de Altamira: se caía de puro oxido. Subieron a bordo y un marinero chino con pinta de bandido, les condujo a la cabina del capitán.

Este, el capitán Ballenato, conocido así por su prominente barriga, rellena seguramente de ron añejo y tasajo, les recibió con falsa camaradería; con su inseparable loro Serafín apoyado en su hombro; con su cachimba de espuma de mar y con su torneada pata de palo hecha, según cuentan, con una astilla de uno de los palos mayores del Titanic (trola enorme, como se puede ver).

Luego, el marinero chino, que a la sazón era el chivato del jefe y, a quien el loro no podía  ver (sentimiento al parecer recíproco), ya que desde que entró en la cabina del capitán para presentar a los nuevos, el jodio loro no paraba de decir:
– ¡¡¡Chino ladrón, no te bebas todo el ron, chino ladrón no te bebas todo el ron.!!!

Al chino se le ponía un nudo en la garganta, sabiendo que si el capitán se enteraba de que se soplaba el ron cuando Ballenato estaba en el puente, le colgaría de los pulgares.

Después, como decía, le fue presentando uno a uno a resto de la tripulación. Le llamó la atención el cocinero, un tipo mal encarado, con barba desaliñada, tocado con el típico gorro de cocinero y, con un delantal, con mas mugre que la bombilla de una cuadra, sin pasar por alto el “luto” que presentaba en las uñas. La tripulación le conocía por el nombre de El Puerco.
Después de ver el cuadro que componía la tripulación, quedaron un poco moscas, con la impresión de que cayendo en las manos de los indios, hubieran estado más seguros. Porque los indios torturar torturaban, pero al meno sabían a lo que se exponían.

Continuará…

 

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II LOS PIRATAS

 

 

Tan solo con el tío Diesel como jefe de máquinas, un antiguo mecánico de máquinas de coser (mantenía que  el motor de un barco era como el de una máquina de coser, pero a lo grande) y, un loro que a Ballenato, le tocó en la tómbola del pueblo, zarpó una madrugada hacia la costa de Canadá.

La poca pericia en el manejo de la brújula, le llevó a tomar el rumbo opuesto al que debería haber tomado, y navegaron por las tranquilas aguas del Mediterráneo. La travesía en principio, fue placentera, debido a que, en vez de el estrecho de Gibraltar, pasaron por el canal de Suez.

Ese fue su gran error. Cuando bajaban por las costas de Somalia, después de rebasar el mar Rojo, fueron apresados por piratas somalíes.

Una especie de patera con motor fueraborda, pilotada por un pirata de aspecto cruel y zarrapastroso, les abordó; detuvieron a la Primorosa y pusieron rumbo a la costa de Somalia. A punta de Kalashnikov, Ballenato y Diesel fueron llevados hacia un poblado cercano a la frontera con Kenia.

El poblado, era aún más pobre que la embarcación, pero al menos, tenían unas cabras y algunas palmeras datileras en el pequeño oasis que abrigaba a la paupérrima población. La Primorosa, además del agua, un poco de ron, algunos sacos de legumbres y harina no llevaba  nada más, dejando  al azar de la pesca, la fuente principal de proteína, por lo que  cualquier rescate que pidiesen los piratas, iba a ser de difícil cobro, ya que nadie se haría cargo de  los dos desgraciados que se habían lanzado a la aventura sin encomendarse ni a dios ni al diablo.

El jefe de la heterogénea banda de piratas, conocido por Ali Oli, por su afición a los ajos, costumbre adquirida en un intercambio cultural con las Pedroñeras, tenía una hija;  en vista de que  su acto de piratería, no le iba a reportar beneficio económico alguno, Alí pensó que más que cobrar, le iba a endosar el mochuelo al “palomo” cojo.

De esa manera, pensaba Alí, mataba dos pájaros de un tiro: una boca menos que alimentar y perder de vista a su hija qué, lejos del estándar curvilíneo y esbelto, de las mujeres etíopes, esta era más de una sola curva, el vivo retrato de Naranjito hecho mujer (eso le ahorraría el susto mañanero cuando se encontraban al despertar en el interior de la choza).

Se aproximaba la noche, y  Alí apremió a sus secuaces a preparar la ceremonia. A pesar de que su religión les prohibía la ingesta de alcohol, dieron cuenta del barril de ron que sacaron de la Primorosa, además de unas cuantas botellas de vino peleón “confiscado” a un pesquero francés,  que habían atracado tiempo atrás.

Mientras esperaban a la autoridad, que iba a celebrar la ceremonia del casorio, la tropa no paraba de beber, y no sólo eso, además tenían un radiocasete de la época de Maricastaña en la que no paraban de poner cintas de Mariajesús y su acordeón que, para unas noches en Benidorm, está bien, pero  interpretadas al unísono por unos piratas somalíes…. era mucho martirio.

Ballenato y Diesel  permanecieron sobrios, por una vez en su vida, y cuando el personal estaba ya muy cargado, poco a poco, y sin hacer ruido fuero reptando hacia el Land Rover de Alí Oli que estaba aparcado en las afueras del poblado.

A la velocidad que le permitía el desvencijado vehículo llegaron a la orilla, y en la misma barca de los piratas, se dirigieron hacia la primorosa, que estaba fondeada a una milla de la costa.

Subieron por la escalinata, y partieron, rumbo a toda máquina, hacia las costas de Sudáfrica para subir por el Océano Atlántico hacia la costa americana.

Después de una travesía llena de interrupciones, debido a la vetustez de los motores, pudieron llegar a la costa americana. Ballenato quería subir hasta Alaska, porque le habían dicho que allí existía un raro espécimen que estaba muy bien pagado: “el pegamoide” (de ahí lo de Alaska y los Pegamoides), un raro pez mitológico que tenía las escamas de oro y los ojos de diamante.

Se detuvieron en lastre, en  una pequeña dársena en las costas de Canadá.

Continuará…

 

 

 

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LA PRIMOROSA

 

I

BALLENATO.

Borrachín y pendenciero, tiró por la borda todo el esfuerzo que realizó su padre para pagarle unos estudios universitarios; estudios que se truncaron por su mala cabeza.
En vista de la pésima gestión estudiantil, después de haber derrochado su fortuna en el muchacho, su padre, pescador de oficio, lo embarcó en el pequeño pesquero que tenía para ganarse la vida.
El Sr. Custó, como le llamaban a su padre en su pueblo, le enseñó todos los secretos de la navegación, las distintas artes de pesca y Ballenato, por una vez en su vida, se lo tomó en serio; hasta el punto que se presentó a examen en la escuela de capitanes de la Marina mercante.

Obtuvo el título de capitán de embarcaciones de pesca de poca monta, título que mas tarde, se ocupó de falsificar con la titulación de Capitán de la Marina Mercante y Submarinos.
Parecía haber encauzado su vida cuando una mala mujer, se cruzó en su camino: la pérfida Maru Hita.
Esta mujer, además de mala persona, era muy hermosa, circunstancia que le animaba a provocar a los pescadores del poblado. Nadie sabia de donde había venido, pero se rumoreaba que tenía una historia negra en su haber, y que le había causado la ruina a más de un hombre.
Enamorado como un colegial, Ballenato hacia lo que quería su novia, pero esta, lejos de comportarse, coqueteaba con la marinería, circunstancia que desesperaba al hombre. A tal extremo llegó la desesperación que se refugió en los brazos de las bebidas espirituosas creyendo, el muy iluso, que ese era el espíritu que le haría olvidar.
Cierta noche, harto de ver como Maru Hita se insinuaba a todo bicho viviente, haciendo corro en la cantina, Ballenato cogió un caneco de Ginebra, se dirigió al muelle y embarcó en un pequeño bote de remo.
En principio remó con fuerza, con furia. Se bebió a gollete media botella de ginebra, licor que poco a poco fue limándole el ímpetu. Cuando el mareo era más que soportable, al intentar remar, se venció hacia un lado y cayó al mar.
Rápidamente, mientras luchaba contra la embriaguez, y contra el oleaje, notó un fuerte dolor en su pierna izquierda y una sensación de calor…, de aguas tibias.

Tuvo el tiempo justo, de ver la aleta dorsal que se alejaba, para tomar impulso y atacar de nuevo;  se sentía perdido cuando, sonó un disparo, y vio como la aleta se hundía en la oscuridad de las aguas. Notó como le cogían del chaquetón y lo izaban con un bichero al entablado del muelle. Su padre, el viejo Custó, le aplicó un torniquete por encima de la rodilla de donde colgaba, como un jirón de carne muerta, lo que hacía unos minutos había sido una pierna.
Tomó su cuchillo de pescador y de un tajo, seccionó lo que quedaba de piltrafa. Se  echó a cuestas al muchacho y lo llevó a la herrería del poblado;  con un hierro candente selló y cauterizó la herida.

Ballenato, entre los efluvios del alcohol y la pérdida de conocimiento, despertó cuando el tío Garlopa, carpintero del pueblo, le tomaba medidas para confeccionarle una pata de palo.

 

Poco a poco, fue aprendiendo a caminar con su nueva pierna, se olvidó de la mujer que le había causado tantos males y, al mismo tiempo, fue creciendo su desconfianza y mala leche para con los demás.

Consiguió, valiéndose de malas artes, que  la aseguradora de los pescadores le indemnizara con una jugosa suma, suma que invirtió en comprar un viejo atunero,  que estaba anclado en la dársena.

Sin duda el barco, habría conocido tiempos mejores pero, Ballenato con empeño y paciencia, fue reparando motores y dejándolo más o menos operativo.

Pensó, que más adelante, cuando tuviera una tripulación, le daría una mano de pintura y la bautizaría con el nombre de La Primorosa.

 

 

 

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Jeroglífico

Nota: el árbol es una haya.Sin título (3)

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ARROZ DEL SENYORET Y FIDEUÁ
Ahí va el Arroz con gambitas y sepionet o calamaritos. Si en vez de arroz le pongo fideos gruesos, tendré una magnífica Fideuá . El proceso es prácticamente el mismo.
(Creo que le llaman arroz del señorito porque todos los productos están pelados, vamos, para no molestarse ni mancharse los dedos en pelar las gambas.)

Este lleva, el caldo de una cabeza de rape, gamba arrocera y sepionet o chopitos pequeños. También se puede hacer con calamar, pero lo esencial es la gamba.
Las cantidades dependen del gusto de cada cual. Pero la lógica le dice a cada cual, según los comensales, las cantidades a emplear: ni tan poca para que quede escasa de sabor, ni tampoco tanta como para que no quepa el arroz
En primer lugar hago un caldo con los huesos de la cabeza de rape o con una cabeza completa. Este caldo es el que emplearé para hacer el arroz.

Mientras ese caldo se va haciendo, pongo en la paellera un chorro de aceite( que no cubra el fondo del todo) y en él voy friendo (ojo que no se queme) a fuego muy suave, un puñado de perejil y una ñora que previamente he hecho trocitos pequeños, también he tostado aparte unas hebras de azafrán (opcional, ya que es caro, y a mi me lo regalaron)).

Saco el perejil y los trozos de ñora y lo vierto en el mortero, al que ya le he añadido las hebras de azafrán. Lo majo a conciencia hasta que se forme una especie de pasta oscura.
Cuanto más se machaque mejor. Después de apagar el caldo, lo paso por un colador al mismo tiempo que lo vierto en el mortero, mezclo el contenido y se forma un caldo de color oscuro (por la ñora) que va a ser la base del arroz. Reservamos este caldo.

En el mismo aceite que queda en la paellera pongo a freír un diente de ajo laminado muy fino, en donde sofreiré las gambas arroceras, que previamente había pelado. Acto seguido añado la sepia, la cual he troceado ( la sepia sin pelar, o sucia, es más sabrosa) y un pimiento verde troceado muy pequeñito y, voy sofriendo el conjunto (se le puede añadir también un poco de tomate triturado o rallado, según el gusto). Cuando el olor y la vista te indica que el conjunto ha desprendido sus jugos y sabor, añado el arroz ( si en vez de añadir arroz, ponemos , en la misma proporción, fideos de fideuá, tendremos también ese exquisito plato). Un puñado por persona y uno de propina para la paellera. De la generosidad de los puñados dependerá la cantidad de caldo a añadir.
Rehogo el conjunto para que el arroz (o los fideos) se empape del sabor y a continuación vierto el contenido del mortero y remuevo. Si veo que el caldo es escaso, le añado un poco más ya que he reservado un poco. (por lo general siempre hago de más para rectificar durante la cocción y para congelarlo y usarlo más adelante)
Ya está todo en su sitio, hay que dejarlo que vaya “trabajando”. Cuando arranque a hervir todo el conjunto se añade un papelillo de colorante y se prueba de sal.
Un par de consejos: no poner sal en ningún momento, sólo cuando el conjunto arranque a hervir, después de haber añadido el colorante. Y por nada del mundo, bajo pena de ir a los infiernos, remover el arroz mientas se hace. Se puede probar su punto con una cucharilla, y si es necesario, o se ve que está escaso de caldo, se añade del que tenemos apartado, pero siempre caliente o templado.
Bueno, sólo resta vigilar el fuego para que no se nos chamusque. Cuando esté en su punto se deja reposar unos minutos y.. leña al mono.
Unas gotitas de limón al servirlo (cada cual en su plato) le dan un toque de alegría.
Y una copa de blanco de Rueda o Barbadillo fresquito…no te digo
Arroz del senyoret y fideuá

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Hoy cuesta publ…

Hoy cuesta publicar. Probando

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